Balam, el jaguar, fue un símbolo de poder para los Mayas, quiénes lo vieron como el rector del tiempo, el señor de la noche, el soberano del inframundo, y también, el dios protector de los campos y las cosechas, a quien le rendían culto antes de comenzar la siembra.
El Balam también era conocido como el sol del día y el sol de la noche; por el día deambulaba el mundo de los vivos ayudando en las cosechas y por la noche, habiendo mutado en un sol negro, recorría la dimensión ctónica para luchar contra Xibalba, el inframundo, emergiendo victorioso al día siguiente. Fascinado por los retos, las tareas difíciles y las situaciones complejas, el Balam se convertía en el elemento perfecto para llevar a cabo dicha tarea todos los días.
Balam, con su dualidad día/noche, equilibra las fuerzas positivas y negativas, la vida y la muerte, la luz y la oscuridad; y así, permite el inicio y fin de todos y cada uno de los días, devorando al sol con sus fauces al atardecer y renaciendo, tras combatir en la tierra subterránea y guiar las almas de los muertos, al amanecer.
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